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Nieve

Yuki, 1964
Durante los últimos cuatro o cinco años, Noda Sankichi se había recluido en un Hotel de Tokio de muchos pisos, desde la noche de Año Nuevo hasta la mañana del día 3. Aunque el hotel tenía un nombre grandioso, Sankichi lo llamaba el Hotel de los Sueños.
—Papá se fue al Hotel de los Sueños —decían su hijo o su hija a las visitas que iban a la casa en Año Nuevo. Y éstas lo consideraban una broma para encubrir su paradero.
—Es un lindo lugar. Debe de estar pasándolo muy bien allí —decían algunos de ellos.
Sin embargo, ni siquiera su familia sabía que Sankichi verdaderamente soñaba en ese Hotel de Sueños.
La habitación del hotel era la misma cada año. Era la Habitación Nieve. Y otra vez, sólo Sankichi sabía que llamaba de ese modo a una habitación señalada por un simple número.
Cuando llegaba al hotel, corría las cortinas de la habitación, de inmediato se metía en la cama y cerraba los ojos. Durante dos o tres horas, se quedaba así acostado, tranquilo. Es cierto que buscaba descanso de la irritación y fatiga de su trajinado y agitado año, pero incluso cuando el irritante cansancio se había disipado, una lasitud más profunda surgía y lo dominaba. Lo sabía y esperaba a que ese cansancio alcanzara su punto máximo. Al tocar el fondo de esa fatiga, su mente se aturdía, y era entonces cuando el sueño empezaba a subir a la superficie.
En la negrura que cubrían sus párpados, diminutos puntos de luz del tamaño de granos de trigo empezaban a danzar y flotar. Los granos eran de un matiz suave, dorado, transparente. A medida que el dorado se iba enfriando y pasaba a una desvaída blancura, se transformaban en copos de nieve volando hacia la misma dirección y con pareja lentitud. Eran copos que se deshacían como polvo a la distancia.
«Este Año Nuevo, otra vez, la nieve se ha hecho presente».
Con ese pensamiento, la nieve se convertía en una pertenencia de Sankichi. Caía en su corazón.
En las tinieblas de sus ojos cerrados, la nieve se volvía próxima. Cayendo pesada y veloz se transmutaba en copos como peonías. Los enormes copos con forma de pétalos caían más lentamente que los que se dispersaban como polvo. Sankichi estaba envuelto por esa silenciosa y apacible ventisca.
Ahora sí podía abrir los ojos.
Al hacerlo, las paredes de la habitación se habían convertido en un paisaje nevado. Lo que había visto detrás de sus párpados era sólo nieve que caía, lo que veía en la pared era el paisaje en el que la nieve había caído.
Era un vasto campo con sólo cinco o seis árboles desnudos y copos como peonías cayendo. A medida que la nieve se acumulaba, la tierra y las hierbas se volvían invisibles. No había casas ni signos de vida humana. Era una desolada escena, y sin embargo Sankichi, en su cama con acolchado eléctrico, no sentía el frío del campo helado. Pero el paisaje nevado era lo único que existía. El propio Sankichi no estaba allí.

“¿A dónde iré? ¿A quién llamaré?». Si bien esas ideas le venían a la mente, no eran suyas. Era la voz de la nieve la que hablaba.
La planicie nevada, en la que nada se movía salvo la nieve que caía, de pronto, espontáneamente, se borró, para dar lugar al escenario de un desfiladero de montaña. A lo lejos, se elevaba la montaña. Un arroyo corría a su pie. Y aunque la estrecha corriente parecía paralizada en la nieve, se deslizaba sin una onda. Un bloque de nieve que había caído de la orilla iba flotando. Detenido por una roca que sobresalía en medio de la corriente, se derretía en el agua.
La roca era una gran masa de cuarzo color amatista.
En la punta de esa masa de cuarzo, aparecía el padre de Sankichi. Su padre sostenía en sus brazos a un Sankichi de unos tres o cuatro años.
«Padre, es peligroso estar parado sobre una roca tan angulosa, tan aserrada. Te puedes lastimar la planta de los pies». Desde la cama, el Sankichi de cincuenta y cuatro años le hablaba a su padre en el paisaje nevado.
La roca estaba coronada por un racimo de cristales de cuarzo puntiagudos que amenazaban lastimar los pies del padre. Con las palabras de Sankichi, su padre cambió el peso del cuerpo adoptando una postura más segura. Cuando lo hizo, la nieve acumulada en la punta de la roca se estremeció y cayó a la corriente. Quizás atemorizado por esto, el padre aferró a Sankichi contra su cuerpo.
«Es extraño que esta estrecha corriente no haya quedado tapada bajo un manto de nieve», dijo el padre.
Había nieve sobre su cabeza y en sus hombros y también en los brazos, que sostenían a Sankichi.
La escena de la nieve sobre la pared empezó a desplazarse, río arriba. Ahora un lago ocupaba su lugar. Era pequeño, estaba en lo profundo de las montañas pero, como fuente de una corriente tan pequeña, resultaba demasiado grande. Los blancos copos como peonías, al hacerse lejanos, se teñían de gris. Pesadas nubes flotaban distantes. Las montañas en la costa lejana se confundían.
Sankichi fijó la vista durante un momento en los copos como peonías que caían y se derretían en la superficie del lago. Por las montañas de la lejana playa, algo se desplazaba. Y se aproximaba cruzando el cielo gris. Era una bandada de pájaros. Sus alas eran amplias y de color nieve. Y como si la misma nieve se hubiera convertido en alas, al pasar volando ante los ojos de Sankichi, no hubo ruido de aleteos. ¿Eran alas extendidas en silencio, como olas lentas? ¿Era la nieve la que sostenía a las aves?
Intentó contar cuántas aves eran, y eran siete, u once. Perdió la cuenta. Pero eso le pareció divertido.
—¿Qué pájaros son? ¿Cuántos son?
—No somos pájaros. ¿Acaso no ves quiénes van montadas sobre las alas? —respondió la voz de una de las aves de nieve.
—Ah, comprendo —dijo Sankichi.
Montadas sobre los pájaros atravesando la nevada, todas las mujeres que Sankichi había amado se le aparecían. ¿Cuál de ellas había hablado primero?
En su sueño, Sankichi podía evocar libremente a quienes lo habían amado en el pasado.
Desde la noche de Año Nuevo hasta la mañana del día 3, en la Habitación Nieve del Hotel de los Sueños, con las cortinas corridas, haciéndose llevar las comidas a su cuarto, sin abandonar la cama, Sankichi se comunicaba con estas almas.

Historias de la palma de la mano
Yasunari Kawabata

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Atención y silencio vuelven memorable el presente.

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